Reminiscencias de una era de locura generalizada…

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Como ejecutivo del banco de inversiones donde trabajaba, tenía a mi cargo el análisis de las oportunidades de negocio que se presentaban.

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 Hubo diferentes épocas (después de todo mi cuerpo tiene ya sus años), pero una muy interesante, y que no me deja de asombrar cuando la recuerdo, fue la burbuja de Internet, allá a finales del siglo pasado, y comienzos de este.

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Aunque en el mundo en general no falten ejemplos de locura generalizada, en latinoamérica tenemos una gran afición al tema. Dictadores, pobreza en países llenos de recursos, guerras absolutamente vanas, inflación de 3 dígitos… que no hemos visto ?

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Pero lo de Internet no tiene nombre. Yo tuve la suerte de vivirlo de cerca, y afortunadamente, también, a pesar de los años tengo buena memoria.

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La locura (por llamarla de alguna manera) no fue local. Fue global. Una locura contagiosa que iba fluyendo por el mundo, a través del contagio de los medios, y facilitada por las empresas globales.

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La órden corporativa era: “Internet es una prioridad”.

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“Prioridad?”, pensaba yo mientras leía descabellados Planes de Negocio, donde la rentabilidad era una ilusión esperanzada de por lo menos 20 años.

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“Nos volvimos locos?”, le decía a mis superiores. “De que va a vivir el Banco?”. Estas oportunidades de inversiones, en otro momento, no hubiesen tenido ni un minuto en la agenda de nadie. Eran irrisorias. Casi un insulto a la inteligencia y experiencia de un banquero. Pero así actúa la masa.

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En aquél entonces lo intuía. Sólo sentía que algo no cerraba. Algunos años después de la debacle, leyendo Extraordinary Popular Delusions: And the Madness of Crowds   de MacKay (altamente recomendable), comprendí algunas de las causas de esos comportamientos, y constaté que no eran nuevos.

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Warren Buffett denomina “Imperativos Institucionales” a los comportamientos corporativos, que son absolutamente irracionales, pero que no se pueden dejar de cumplir, ya que lo hacen los demás (la competencia, otros países, otras industrias exitosas, etc). Y esto fue exactamente esto.

Mi banco, y muchos otros más, perdieron en la región cientos de millones de u$s.

Cuando me reunía con mis superiores para informar del avance de un análisis de tal o cual negocio (las carpetas llovían por cientos, y las ideas eran tan diversas como descabelladas), les comentaba que todo era muy interesante y novedoso… hasta que llegaba a la parte financiera.

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Ahí mi imaginación era sorprendida en su buena fé. No había ganancias, sino a muy largo plazo. Algunos, mas caraduras, ni siquiera las proyectaban. Sólo pedían capital para generar “Ventas”. Las ganancias ya vendrán, decían. Esta industria es así.

Y de tanto repetir, mis superiores, compañeros, y los más jovenes (contratados para desarrollar estos negocios, porque supuestamente habían nacido con estas tecnologías), terminaron contagiados.

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“Y que hacemos con las ganancias ?”, preguntaba yo. Porque si fuera mi dinero, ni hubiese invertido 10 u$s en ideas rebuscadas que no iban a generar ni 5 centavos de dólar.

“Esteeee… no sé… dále para adelante”, era el tipo de respuesta. “Si no ponemos la plata nosotros, la pondrá nuestros competidores. Y como le explicamos a New York que nosotros quedamos fuera?”.

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“Ok.Ok… Está claro”. Pero el que tenía que elevar el informe era yo. No ellos. Y entonces empezamos a ver que en USA (país que lideraba esta tendencia exuberante… y que lideró la debacle de la misma manera) ya no se hablaba de “ganancias”. Se miraban las “ventas” solamente. Bah… Solamente no. Se miraba otra “palabrita” nueva: El “burning rate”.

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Para ser veraces, nueva tampoco no era. Y su orígen tampoco era demasiado prometedor. La habían inventado los promotores financieros de las empresas de Biotecnología de USA, allá por los 80, y reflejaba el poder que tenía una empresa para, a pesar de los resultados de investigación magros, seguir intentando encontrar algo que justificara las inversiones de millones de jubilados americanos que querían hacerse ricos de un día para el otro.

Y entonces, cualquiera (literalmente cualquiera) golpeaba a las puertas del banco, y nos traía su brillante idea. Portales de todo tipo. Negocios de lo que sea. Hasta altos funcionarios públicos no querían quedar afuera, y, usando sus contactos, venían a introducir a sus hijos, primos y sobrinos (sin por eso molestarse en ocultar que financiaban el negocio y esperaban multiplicar sus inversiones).

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Como si esto fuera poco, en las reuniones participaban, para aportar seriedad a las propuestas, las grandes consultoras: Accenture, McKinsey, Price Waterhouse (QEPD), IBM, etc., etc., etc. 

   

 

Habían abandonado a sus importantes clientes globales (o por lo menos los habían dejado en un segundo plano), para acompañar en los Planes de Negocios a estos absolutos desconocidos.

No sólo eso. Las grandes empresas de Hardware y Software también invertían facilitando las implementaciones (Sun, Oracle, HP, MSFT, etc.), y la región llegó a tener decenas de Internet Service Providers, que garantizaban la conexión con las redes globales.

Millones de millones de millones gastados…

Todo era optimismo. Todo iba a ser grandioso. Los ejecutivos de estas empresas recién incubadas (les decían “Start-ups”) hablaban y vestían como en USA. No sabían ni de que se estaba hablando, pero que bien lo hacían… Un gran show…

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Tan locos estabamos, que hasta nos venían a entrevistar de USA, porque el fenómenos en latinoamérica había incluso rebasado la euforia americana. Brazil, Argentina y México fueron los líderes de este movimiento que tuvo una aceleración incluso mayor a la de otras partes del planeta.

Y un día, como todas las burbujas… hizo “Plllllooooooppppp”.

Los mismos ejecutivos exuberantes, aparecían cabizbajos. El cash se acababa, y no se generaba ni tráfico en los portales.

 

Otras empresas, que habían llegado a estar muy cerca de la rentabilidad y ver que los modelos eran víables (seamos justos, algunos hicieron las cosas muy bien), tuvieron que cerrar, porque formaban parte de estrategias globales, y los inversores en España o USA, ya asustados, no ponían un dólar más.

 

Reconozcamos que en toda locura hay gente brillante, y trabajadora. Mi tributo y respeto para estas personas. Cayeron con la debacle, pero siguieron otros caminos de éxito, e hicieron punta aún en medio de esa irracionalidad.

Los “Start-ups” cerraron sus puertas (Patagon y El Sitio fueron sólo dos casos de éxito que lograron vender sus negocios por fortunas. Quizás hubo alguno más, no tan notorio). Los ISP´s fueron quebrando uno a uno. Las consultoras volvieron a sus sistemas SAP. Y los proveedores de Hardware y Software comenzaron a reposicionar sus productos, con nuevas aplicaciones.

 

Los que no pudimos salir a tiempo, fuimos nosotros: los inversores.

Bancos, Fondos, Incubadoras y Padres, Madres, Hermanas/os, tíos y tías (y hasta algunas abuelas, aunque pocas, porque esto de Internet les resultaba demasiado raro para hipotecar sus joyas). Cada uno de estos inversores pagó caro aprender una sóla cosa. Tan vieja como el mundo. Tan repetida como un antiguo “mantra”.

“El que cree poder hacerse rico en el corto plazo, termina siendo pobre en el largo plazo”.

Una enorme lección.

Me prometí nunca dejar de agradecerle a la vida haber presenciado esta locura de cerca, y jamás olvidarla.

Quizás estas “Reminiscencias de una era de locura generalizada” sean el gran escudo contra las diversas y nuevas irracionalidades que se producen y producirán en el futuro.

Siempre que haya avaricia y miedo, habrá una burbuja que aceche.

Ojalá no lo olvidemos nunca.

Gustavo

  

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